
Romper un patrón no significa negar el dolor ni justificar lo que faltó. Significa mirarlo con mayor conciencia. En muchos casos, nuestros cuidadores actuaron desde sus propias heridas, desde lo que aprendieron o desde lo que no supieron hacer diferente.
Comprender esto no invalida lo vivido, pero permite ampliar la mirada. El perdón cuando es posible y auténtico no es para absolver, sino para liberar. Liberarnos de seguir reaccionando desde la herida, de repetir dinámicas inconscientes y de mantenernos atados a lo que no fue.
Este proceso implica reconocer lo que dolió, aceptar que hubo límites en quienes nos criaron y elegir no construir nuestra identidad adulta desde la carencia. Comprender que también ellos hicieron lo que pudieron con sus propios recursos nos permite salir del lugar de la repetición y avanzar hacia vínculos más conscientes y seguros.
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